‘Star Wars: The Last Jedi’: La ópera espacial ha vuelto

‘Star Wars: The Last Jedi’: La ópera espacial ha vuelto

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Han pasado 40 años, pero aún después de tanto tiempo, ver el texto de introducción de La guerra de las galaxias deslizándose por una pantalla, con la música de John Williams tocando a todo lo alto, eriza la piel y dilata las pupilas.

Ya son ocho episodios de la saga de la familia Skywalker, más una muy afortunada historia paralela (Rogue One) y con todo ello, como con toda gran familia, los nombres y las anécdotas se empiezan a confundir.

Quizá el hermoso planeta de sal en The Last Jedi te recuerde a Hoth, el planeta de nieve de The Empire Strikes Back. O el casino de Canto Bight que sale en la nueva película te traiga a la memoria a Mos Eisley, la cantina de A New Hope — o, incluso, al bar de Maz Kanata en The Force Awakens.

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Porque más allá de las anécdotas, a Star Wars venimos a ver rostros familiares, siempre muy ocupados con la misión en turno. A pesar de sus múltiples aventuras y líneas narrativas, The Last Jedi es una batalla contra el tiempo. Todo parece estar a punto de desaparecer o morir: la Orden de los Jedi, la Resistencia y varios de esos personajes que tanto hemos querido — algunos por más tiempo que otros. Y en esa lucha contra el tiempo, en la que literalmente podemos contar las horas que quedan (y en este caso son muchas, porque el filme es el más largo de toda la serie hasta el momento) somos testigos de una constante ambigüedad moral de la que los malos saldrán más malos y los buenos saldrán más buenos.

 

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